viernes, 25 de mayo de 2007

DOS CENTAUROS DEL DESIERTO... SIN HIELO Y SIN VASO!!

Pues, puestos a empezar, cómo no, lo haremos con un clásico. El problema en que me veo a la hora de unir esta obra con el comer es que… poco se come en Centauros del desierto. Primero porque John Ford, con sus dos centilitros de sangre en su alcohol y la coartada de su origen irlandés, ya era pequeño comensal y gran bebedor, siempre eso sí con el permiso del otro John: el también irlandés Huston (de quien no es necesario recordar que en el rodaje de La Reina de África, se salvó de intoxicarse del agua de la zona al beber únicamente whisky junto al monarca del pitillo Humphrey). Aun así, el whisky será la vía con la que abriré el blog, todo y que no es del todo correcto ya que, tal y como le recetaron al gran David Rockefeller, para abrir el apetito, lo mejor es un Dry Martini.


El whisky se creó en Escocia con el aliento de la mirada de Irlanda, pero en el cine, esta bebida va a caballo y con un revólver en la cartuchera. En The Searchers se bebe aunque no tanto como en Sin perdón, al menos su relevancia es distinta, puesto que en la segunda, pasa a sustituir al peligro de las armas prohibidas en el pueblo de (¡gran ironía, sí señor!) Little Whiskey. La obra de John Ford es uno de los clásicos de la historia del cine y creó un nuevo estilo. Siendo una de las road-movies más representativas de su autor junto a La Diligencia, tiene el orgullo de motivar e influir sobre las nuevas tendencias del cine americano de los 70. Obras de autores como Francis ford Coppola o Martin Scorsese tales como Apocalipsye Now, Taxi Driver o de Cimino con El Cazador beben de Ford y sus Centauros del Desierto. Todas ellas se fundamentan en el personaje de John Wayne, Ethan. Su base está en la búsqueda de alguien. En el primer caso es la pequeña Natalie Wood la que se tiene que rescatar, cuyo background anglosajón y protestante ha sido absorbido por la comunidad indígena de los indios norteamericanos.




Al igual que en las obras mencionadas, el “searcher” que irá a por ese personaje extraviado será un tipo oscuro y con problemas morales que aceptará dicha misión con tal de redimirse. Una vez lo logre, volverá a su aburrida y desgraciada vida para que todo siga como estaba antes. Con este esquema hay docenas de películas que siguen la trayectoria para avanzar en un estilo personal y concreto, en una narrativa específica, dibujado de paso la historia de los Estados Unidos. Este gran influjo lo transmite por medio de puertas que se abren y se cierran y con el espectro de Monument Valley como telón de fondo y con los destilados que deben ser “de botellón” en su mayoría y “de cosecha” en pocas ocasiones. Esta obra es de 1956, pero John Ford hizo más de cien filmes, de los cuales éste es de los pocos que se le ha calificado como obra maestra. Seguramente su autor tiene muchas más, pero el prototipo de obra fordiana como tal, es decir de western como género literario, es el lírico título de Centauros de Desierto. A diferencia de la citada obra de Eastwood, no es dura como lo es el fondo de ceniza que dejan en la garganta maltas como el Whisky Galore Caol Ila, incluso cabrían boutades en su tono de comedia -¡que lo tiene!- como “póngame una tarta al whisky pero sin tarrta… ”, aunque eso estaría más cerca del universo de Lubistch o Wilder.


Al margen de esto, hay una curiosidad que recuerdo en ocasiones: el personaje perdido en Centauros del desierto es Debbie, y en la oscarizada El cazador es Nick, ambos deberán ser encontrados por un searcher para que vuelvan al redil; en Ford será una América de mujeres con delantal y con Cimino será otra con resacas de guerra perdida en el sureste asiático. Con la garra de un par de maltas en el gaznate siempre pienso, ¿por qué el destino de los actores que interpretaron a sendos personajes, Natalie Wood y Christopher Walken, hizo que acabaran juntos y con la muerte de la primera en extrañas circunstancias? Tendré que volver a ponerme las dos obras maestras en mi vídeo y otra de nuevo en mi vaso…

miércoles, 23 de mayo de 2007

mi menú

Dijo el autor del primer tratado de gastronomía, Jean Anthelme Brillat-Savarin, que el placer de comer es el único que, tomado con moderación, no va seguido de la fatiga. Yo me atrevería a unir a este placer aquél otro si no más sencillo, sí un poco más cómodo y siempre igual de placentero: el sentarse (como quien se dispone a comer) ante una pantalla y devorar una historia a través de imágenes. Unir ambos gustos resulta de lo más hedonista en un principio, pero no lo es si extendemos el placer hasta el antes y el después de cada experiencia, es decir, prestar atención al inicio de la creación de un plato, una bebida, un film o curiosear en la reacción que ha podido tener más adelante en la historia. Propongo pues un eterno menú a modo de excusa para poder hablar de cine y gastronomía. Todo ello sin prisas, incluso espontáneamente, casi a salto de mata... porque a mí, como a Godard, me gusta que las películas tengan comienzo, nudo y desenlace, pero no necesariamente en este orden...