sábado, 9 de junio de 2007

LA DIETA FERNÁN-GÓMEZ

Ayer hubo demasiada acción, por un lado, hablando por teléfono con Nuria de http://losviajesdenuriver.blogspot.com, tuve que comer algo, ya que el apetito se hizo con la conexión telefónica. El tema lo empezamos juntos en un coloquio acerca de este blog y la seguí yo con unos esbozos acerca del cine español y el huevo frito. Unir estas dos imágenes es casi más evidente que citar al salmón y a la vez a Noruega pero no lo sería tanto para muchos si lo unimos con la imagen de Fernando Fernán Gómez comiendo como un perro grandote. Pues sí, para mí hay relación; seguramente las escenas que yo recuerde en las que aparece un huevo frito, el actor está presente, o tal vez es que su talento hace que con verlo tan sólo una vez comer, sea fácil recordarlo.



Por otro lado, entré en harina con un proyecto que debía a unos amigos. Se trata de Kung-Fu Máster, un grupo de amigos que tocan música cañera desde hace años tal que si de un blog se tratara: lo hacen sin ánimo de lucro y por puro placer. Desde hace un tiempo estaba en el aire la idea de hacer un video-clip. Ayer fue el día en que grabamos el primer esbozo. Al menos tenemos el privilegio de poder hacerlo de manera deportiva, es decir, sin prisa ni agobios. Esa es la mejor cocina que existe, la deportiva. Yo la entiendo como cocinar de manera inversa a la presión de un menú, con el placer de disfrutar el proceso... Ojalá pudiera hacer así cualquier cosa, pero tan sólo me ocurre cuando cocino y cuando en ocasiones me apetece pasarme toda una tarde agrupando sobre el mármol las verduras de un gazpacho. Que conste que tampoco es cuestión de estirar el tiempo hasta la exageración para acabar con una sensación tediosa o enfermiza. En este sentido, el ejemplo más claro creo que está en la tarde que pasa Julianne Moore en “Las horas” con una tarta de chocolate enfrente y detrás un abismo. En todo caso, tranquilos Kun-Fu Máster, no sé si llegaremos a una visión global verdaderamente “funky” pero, como dijo Picasso: “si no se parece, ya se parecerá.”


Al tema: huevos fritos y Fernando Fernán Gómez. De este actor me gustaría saber cuántas tomas hizo para cada plano en el que aparece comiendo, porque estoy seguro que en la quinta resultaba más voraz que en la primera. Yo creo que junto a Agustín González, es de los actores que siempre acaba comiendo y, lo peor, es que se le ve pasión ello. En La Mitad del Cielo, de Manuel Gutiérrez Aragón, llega de madrugada a su casa con un aspecto desvalido que se torna brutal al entrar en contacto con una plata de arroz con leche. Finalmente, Fernando y plata acaban despertando a Ángela Molina a base de resuellos de placer para así devolverle el amor que ella le dio en su elaboración. Si algún voluntario hiciera el favor de recordarme el film del actor en el que se come un huevo frito a escondidas teniéndolo apenas tres segundos en la sartén, tiempo suficiente para que el se infle y pete como hacían los huevos de antes, lo agradecería. En Belle Epoque entrega a sus tres hijas a Jorge Sanz tras probar el plato que éste le prepara; solemne, dice: “Coño. ¡Este bacalao está de puta madre!”. En La Corte del Faraón, se merienda una paella de marisco delante de una desgraciada banda de actores en su mejor papel de no tener hambre. Ambas escenas tienen el sello Azcona. Por cierto, ahora que he escrito “bacalao”, esa Nuria que cito al inicio me ha dado una receta… que no pienso ponerla hasta que la pruebe hecha por mí…

miércoles, 6 de junio de 2007

ESE OLOR...

Pues mientras pensamos en otras películas y las vamos salseando y enlazando, hay algo que no dejamos de hacer ¿no es así? Comer… comer mucho o poco, rápido o lento, con salsa fuerte o tramposa pero, a diferencia de los licores antes citados, por suerte o por desgracia del plato no se libra nadie. Hoy la verdad es que me he despertado con el capricho de sopa de pescado. Tal vez es el tiempo, que por un momento estaba de un veraniego atizante y que sin avisar se volvió nubloso y azulado, de un aspecto marinero diría yo. Tras dudar, me ha venido la imagen de Rostro al mar, una película de 1951 en la que participó mi abuelo como extra antes de quemarse la cara en el incendio de los estudios Orfea de Montjuïch. La dirigió Carlos Serrano de Osma con un blanco y negro convincente para el puerto de Barcelona.




Ya convencido por el capricho y en colores, entro en el barrio de la Barceloneta. No es de las zonas de la ciudad más famosas pero su localización la hace imprescindible para un trío de ases junto al Borne y el Raval. Del mismo modo que cada vez que paseo por la Rambla, hoy repleta de turistas, noto que su espíritu es cada vez más cercano al Soho de cualquier capital europea, el de la Barceloneta es mediterráneo hasta el punto de trasladarme a ciudades como Nápoles o la isla de Mikonos. Desgraciadamente todavía no he estado en estos lugares, pero de lo que estoy seguro es que, aunque sea por unos segundos, podría llegar a cerrar los ojos y pasar a respirar cualquier barrio de estas ciudades llegando de nuevo al que me ocupa. La excusa para su desaliño está en su pasado pescador y en la hostilidad de estar constantemente a remojo en el Mediterráneo. Es cierto que no hay redes por la calle ni viejos que parezcan haberse tirado años curtiéndose en su barca como en las postales que uno vive al pasear por la Costa Dorada, aunque sí tendederos plagados de ropa y el sonido de los silbidos de su gente. En el combate de olores que se tiende en sus calles, gana el del pescado; en especial, el pescado azul y a la plancha –que no frito- de la calle Baluarte.


Antes se podía localizar cualquier pequeño bar por estar cercano, pasado, a dos calles o a la izquierda del mercado de la Barceloneta. Ahora la popularidad se la ha robado La Cova Fumada. La fachada de este pequeño comedor es espectacular: un portalón de madera que en plano corto no pasa del siglo XIX, pero al mismo tiempo, la gente que espera allí garantiza que sin duda algo se fríe dentro. Yo lo conocí -cómo no- a través de un plato; el padre de esta familia y jefe de su micrococina fue a caer a los fogones de su servicio militar en Murcia, con lo que además de las historias que no se olvidan se trajo la receta de los minchirones de la zona. Uno no puede imaginar un gran festín visual, puesto que se trata además de un plato horizontal: el minchirón es un tipo de haba plana y ancha que, con su debido tiempo, presta su almidón al caldo a cambio del poder que le presta el chorizo y el tocino. Nada del otro mundo al margen de la gracia que requiere el tema. Su salero pues parte de los minúsculos platos en los que se sirve, en la temperatura justa que te permite comer sin pausas, además, la cantidad servida parece reírse de las divisiones entre el “plato” y la “tapa”. Todo ello surge del dinamismo que se respira en las mesas, y parte de una cocina a la que llegarías si alargaras el brazo. La estrella de La Cova Fumada es la sardina y el jurel, con lo que en cuanto me hago con un sitio no dudo en atacar al colesterol del bueno. Me animo con las bombas, del tamaño de un huevo. Los extranjeros que comparten mi mesa se animan también y piden consejo; “Mashed potatoe and minced meat” respondo yo. Una aguda voz anglosajona se sorprende con un “¿minced meat?” Acabo chillando ante el follón de la sala: “¡Yes… Meat…Inside…!” La fascinación de la turista me la agradece el camarero, el cual se limpia una mano en su camisa.

Una vez hecho el pedido, todo fluye. Los platos son como niños traviesos que se escapan por encima de las mesas de mármol y acaban siendo cazados por los tenedores de los adultos. Un frigorífico de madera colocado el mismo año de la puerta no cesa de abrirse y cerrarse con la vitalidad de una oficina. Como hoy vengo solo y me toca comer con mi móvil, repaso las fotografías de la pared; bañistas en la playa de San Sebastián… el viejo mercado… y un sorprendente recuerdo ya olvidado: la plaza de toros de la Barceloneta… nada es eterno, bueno, el mármol tal vez… y los minchirones.